Parole humanitario y la fuga de talento de Nicaragua

Parole humanitario y la fuga de talento de Nicaragua · Revista Cultura Libre

Hay ausencias que se anuncian con una carta de renuncia y otras que llegan en un mensaje de WhatsApp a medianoche: «Maje, me salió el viaje. Ya voy volando».

Al día siguiente, el escritorio del diseñador está vacío, la programadora estrella ya no contesta y alguien tendrá que hacerse cargo del trabajo pendiente. La escena podría ocurrir en Managua, León, Tegucigalpa o San Salvador. Cambian los acentos, pero la pregunta es la misma: ¿qué está pasando para que tantos jóvenes imaginen su futuro lejos de casa?

La migración no es nueva en Centroamérica. Lo que ha cambiado es la manera en que la posibilidad de marcharse se instala en la vida cotidiana. Durante un tiempo, el Parole Humanitario representó una oportunidad de salida para miles de nicaragüenses y ciudadanos de otros países. Hoy, con ese programa cerrado, las expectativas y los planes de quienes buscaban esa vía se enfrentan a una realidad distinta. Sin embargo, el deseo de encontrar mejores oportunidades fuera del país permanece.

El nuevo plan de carrera

Hubo un tiempo en que el horizonte profesional se medía en títulos, diplomados y ascensos. Para muchos jóvenes centroamericanos, también se mide en documentos apostillados, formularios y contactos en el extranjero.

Mientras cumplen su jornada laboral, algunos averiguan cómo emigrar, buscan oportunidades y calculan cuánto necesitarían para empezar de nuevo. El proyecto de vida se divide entre lo que pueden construir aquí y lo que esperan encontrar allá.

Las empresas, entretanto, enfrentan la incertidumbre de invertir en trabajadores que podrían marcharse. Cuando alguien se va, sus responsabilidades no desaparecen: se reparten entre quienes se quedan, a menudo sin un aumento proporcional del salario. En las industrias creativas y tecnológicas, además, se pierde algo más que una plaza: también se van los conocimientos, la experiencia y la capacidad de formar a quienes vienen detrás.

Pero ¿quién puede reprocharle a alguien que busque mejores condiciones de vida?

La culpa de querer irse

Existe una culpa difícil de explicar en la decisión de emigrar. Aparece cuando celebramos el éxito de un amigo en otro país, pero sabemos que ese éxito tiene un precio: la distancia con la familia, los cumpleaños por videollamada y la sensación de haberse marchado dejando una historia inconclusa.

Quedarse tampoco es sencillo. Cuando el salario apenas alcanza para cubrir las necesidades básicas, hablar de construir un futuro puede sonar a una broma de mal gusto. Se les pide a los jóvenes que emprendan, se capaciten, trabajen más y apuesten por su país, incluso cuando las oportunidades no siempre acompañan ese esfuerzo.

Por eso, la pregunta no debería ser si alguien es cobarde por querer irse. Migrar no es un examen moral. Quien se marcha puede amar profundamente su país, y quien se queda puede hacerlo por convicción, por necesidad o porque no tiene los medios para partir.

El amor a la tierra donde uno nació no debería medirse por la cantidad de dificultades que está dispuesto a soportar.

Resolver con los que quedan

En Centroamérica tenemos una palabra para esa capacidad de salir adelante incluso cuando las circunstancias no ayudan: resolver. El rebusque se ha convertido en una forma de supervivencia que va desde inventarse un ingreso hasta trabajar para clientes extranjeros desde una computadora.

El trabajo remoto ofrece oportunidades, pero no resuelve por sí solo las carencias del mercado laboral local. Tampoco basta con celebrar el talento de quienes se marchan mientras se ignoran las condiciones que dificultan su desarrollo profesional.

Cuando un trabajador experimentado se va, también se pierde su capacidad de orientar a otros, formar equipos y transmitir conocimientos. Los jóvenes que permanecen pueden terminar asumiendo responsabilidades para las que todavía están aprendiendo, mientras intentan sostener proyectos con recursos limitados.

Las remesas ayudan a pagar alimentos, viviendas, estudios y medicamentos. Son indispensables para muchas familias, pero no cuentan toda la historia. El dinero enviado desde el extranjero no sustituye la presencia de un ser querido ni reemplaza las oportunidades de desarrollo que una sociedad podría ofrecer a sus propios profesionales.

Eso no significa que emigrar sea una traición ni que la diáspora deje de contribuir a sus comunidades. Significa que no deberíamos acostumbrarnos a que marcharse parezca la única manera de progresar.

Un país que no cabe en una maleta

Un país no es solamente un territorio rodeado de lagos y volcanes. También es la gente que escribe, filma, programa, enseña, abre negocios, organiza conciertos y ensaya obras de teatro los fines de semana. Es la posibilidad de imaginar algo nuevo y encontrar las condiciones para hacerlo realidad.

Si queremos que las nuevas generaciones puedan elegir dónde vivir y trabajar, hacen falta empleos dignos, salarios suficientes, educación de calidad y espacios para la creación. No podemos pedirles que se queden por nostalgia, culpa o una idea romántica del sacrificio.

Quizá el verdadero problema no sea que tantos jóvenes quieran irse. Quizá sea que hemos terminado acostumbrándonos a que quieran hacerlo.

Y mientras no nos tomemos en serio esa pregunta, en alguna oficina seguirá habiendo un escritorio vacío, un grupo de WhatsApp preguntando quién puede asumir los pendientes y alguien que, al final de la jornada, tendrá que apagar la luz.

CulturaLibre
Revista cultural nicaragüense dedicada a contar, pensar y conservar historias desde distintas voces jóvenes.

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