Por Gabriel Valle.
Tenía apenas ocho años. Eran las 4:30 de la madrugada cuando mi mamá me mandaba a bañarme para ir al desfile patrio. Me vistió con esa camisa estilo polo, el pantalón azul oscuro y los zapatos que había mandado a lustrar la noche anterior. Después, me cepilló el pelo, que parecía que me había lamido una vaca.
Más tarde nos dirigimos al colegio. Cuando llegué, me formé junto a mis demás compañeros. ¡PUM! Se escuchó un estruendo por toda la cuadra, seguido de otros golpes de tambor. Esa banda de guerra se sentía en todo el cuerpo, pero lo raro era que no se sentía de una forma desagradable.
Al terminar la marcha, todos nos fuimos a sentar frente al auditorio para ver los números folclóricos. En total eran tres, protagonizados por los grados más grandes. Primero fue el baile de Palomita Guasiruca, que me cautivó por el sonido predominante de la guitarra. Después siguió otro baile folclórico donde se escuchaba la marimba.
Pero, de todos, el que más me encantó fue el palo de mayo. Era un ritmo que me hacía querer bailar, aunque no lo hiciera tan bien. Lo sentía hasta en los huesos.
Después de toda esa mañana, mi mamá me invitó a comer un raspado a la salida del colegio. Mientras lo comía, en mi cabeza seguían sonando aquellos ritmos y sonidos que había escuchado y que tanto me habían encantado.
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