Por Fernando J. Treminio
Desde tiempos de los indígenas, la música ha sido un elemento importante en el folclore y la idiosincrasia de Nicaragua. A lo largo del año, hay un calendario de festividades en las que se desarrollan expresiones folclóricas que incluyen el toque de sones o canciones autóctonas de nuestro país y sus regiones. Tal así, que en el siglo XX nació un cantautor que fulgiría como uno de los más grandes exponentes de la música nicaragüense: Carlos Mejía Godoy.
Él junto a su afamado grupo musical: Carlos Mejía y los de Palacagüina, situaron a Nicaragua en el panorama internacional. Su música caracterizada por la alegría y picardía de los y las nicaragüenses conquistó a multitudes a lo largo del continente americano y al otro lado del Atlántico. Pero, más allá de eso, un rasgo distintivo de sus canciones es el valor testimonial de las historias que narra en su lírica.
Respecto a ello, (Barzuna, 1999) menciona que:
En los años setenta, la canción de corte político directo se fortaleció y se generalizó, dadas las condiciones y las causas particulares de América Latina. El Continente necesitaba una canción explícitamente comprometida contra las dictaduras y contra la presencia extranjera, entre otros motivos. Esta fue una época de efervescencia política, en la cual los diversos cantores confiaron en una alternativa de cambio. (p. 56)
En ese orden de ideas, es posible definir la canción testimonial como aquella expresión de fenómenos socioculturales, históricos y económicos que pretende anunciar la realidad social a través de la narración de las microhistorias que, sumadas a una sola voz, terminan convirtiéndose en un clamor en común del pueblo. Es una modalidad de la canción que actúa como crítica y denuncia, en la que se reúnen la música y la palabra, en manifiesto contra la disconformidad contra los regímenes políticos dictatoriales, las injerencias extranjeras y las injusticias cometidas en contra del pueblo (Torres, 2005).
La música creada por Carlos Mejía durante la década de los setenta en Nicaragua se acerca mucho a las definiciones mencionadas anteriormente. Basta virar la atención al tiempo en que militó para el Frente Sandinista para encontrar una gran cantidad de canciones testimoniales que denunciaban las atrocidades a las que el pueblo nicaragüense era sometido, así como la lucha que libraban contra la opresión somocista de entonces.
Como ejemplo de ello, se encuentran canciones como Vivirás Monimbó, que alude a la resistencia que dicho barrio histórico ha emprendido contra sus invasores; La tumba del guerrillero, pieza que refiere al asesinato de Augusto C. Sandino y la posterior desaparición de su cadáver, misterio extendido hasta la actualidad; La Consigna, que refleja la esperanza cifrada en el movimiento revolucionario FSLN en pleno apogeo de lucha antisomocista y antiimperialista; y el Himno de la Unidad Sandinista, canción que destaca el sentido de dicho movimiento y su determinación para lograr su cometido.
Por otra parte, hay algunas canciones que nombran personas o grupos en específico cuyas acciones revolucionarias sirvieron como ejemplo para el derrotero que debían seguir quienes se unieran a sus filas. Por mencionar algunos casos, Pablo Úbeda, refiere al seudónimo de Rigoberto Cruz, guerrillero sandinista conocido por su gran agilidad de movimiento en territorio nicaragüense; Las mujeres del Cuá, que narra el terrible abuso, a manos de la Guardia Nacional, que sufrió un grupo de mujeres que apoyaba la causa sandinista; y Comandante Carlos Fonseca, es un himno que conmemora al que, por su papel y gesta heroica, es considerado el Padre de la Revolución Sandinista.
Pero, para un análisis más detallado, la canción Quincho Barrilete denota el contexto que enfrentaba gran parte de la población nicaragüense durante la segunda mitad del siglo XX. Esta pieza cuenta el día a día de un niño llamado Joaquín Carmelo, cuyo hipocorístico es Quincho. Él vivía en el Open 3, zona que hoy se conoce como Ciudad Sandino, es uno de los sitios más distantes de Managua.
A pesar de la distancia entre su casa y la capital, cada día se subía a los buses a vender Bolis. Él trabajaba por su parte, mientras su mamá rebuscaba en tareas domésticas u oficios en que le solicitaran, para dar sustento a los hermanos menores de Quincho. Teniendo presente que a penas contaba con nueve años, desde tan corta edad debía asumir parte de la carga laboral y económica de su hogar. Además, en ninguna parte de la canción se menciona a su padre, por lo que se puede inferir que ellos carecían de figura paterna, lo que dificultaba aún más su situación.
Todas estas acciones de “pobreza y dignidad” le merecen el título de “héroe infantil”. La canción le caracteriza tan bien que es posible imaginar al niñito transbordando de un bus a otro, pregonando su producto, cuidándose, a la vez, de no ser víctima de la delincuencia. Además, se le describe usando “pantalón chingo” y con “gorrita con la visera al revés”. Su ropa posiblemente estaba raída o desteñida por las largas jornadas bajo el sol capitalino y la posición de su gorra indica el arduo trabajo que hacía, ya que en Nicaragua se suele usar la gorra así cuando hay que realizar alguna acción de incluya esfuerzo físico.
Ahora bien, el final de la canción muestra el alcance que el contexto histórico tendría para este y todos los jóvenes: “Enfrentará las realidades de su pueblo/ y con los pobres de su Patria luchará”. Una de las necesidades de la Nicaragua de los setenta y ochenta se convirtió, a la misma vez, en una de sus principales problemáticas: la militarización. En 1983 se creó el Servicio Militar Patriótico, ley que exigía la adición de los hombres de entre 18 y 40 años al ejército de Nicaragua. De modo que, llegada la mayoría de edad, había un solo destino: portar el uniforme verde olivo y empuñar el fusil en la lucha frente a la Contra.
Incluso, el poeta trapense Ernesto Cardenal hizo mención de la participación infantil y juvenil en los enfrentamientos y estrategias que los revolucionarios mantuvieron contra la guardia somocista. En su libro de memorias La Revolución Perdida, Cardenal acuñó y repitió la idea de que la nicaragüense había sido una «revolución de muchachos». Ellos (muchas veces llamados «los compitas») se convirtieron en los verdaderos defensores de los barrios frente a la Guardia Nacional (Cardenal, 2004).
Cabe destacar que la canción Quincho Barrilete, le mereció el primer lugar en el Festival OTI en el año 1977, interpretada en esa ocasión por Eduardo «Guayo» González. Dicho triunfo sirvió, junto con la letra de la canción, para denunciar la situación que atravesaba la infancia en el país y dar relevancia internacional a las circunstancias que Nicaragua enfrentaba.
Luego, en 1980, vio a luz una de sus piezas más emblemáticas: Nicaragua, Nicaragüita, que es una confesión de amor a la patria. En ella se mimetizan la historia, los productos agrícolas y la soberanía de un suelo que era al fin libre después de tanto tiempo sufriendo de agresión e injusticia por manos opresivas.
Es casi imposible no emocionarse al escuchar esta canción. El fraseo íntimo que Carlos Mejía hace, el acompañamiento instrumental y el significado mismo que la canción tiene, evocan el más sublime amor que alguien puede tener por su patria. Porque hablar de Nicaragua implica hablar de un país en el que la democracia ha sido una utopía. Nada más por breves periodos la hemos asido. Es un concepto frágil y raudo. Precisamente por eso escuchar esta canción es tan sentimental.
Pensar en la letra de Nicaragua, Nicaragüita impele a la reflexión de la historia de un país que se mira desde la nostalgia. Su pasado está conformado, desde el inicio de sus comunidades, por los ataques a la vulnerabilidad de su soberanía. El pesar consiste, no solo por su endeble libertad; sino, en los miles de vidas que se han perdido a causa de su soberanía y que, por haber sido un sueño que logramos palpar con la punta de los dedos, continúa siendo inalcanzable.
En definitiva, la obra de Carlos Mejía Godoy trasciende la mera composición musical para convertirse en un testimonio vivo de lo que significó ser nicaragüense durante una de las etapas más convulsas de nuestra historia. A través de Quincho Barrilete y Nicaragua, Nicaragüita y muchas canciones más, el cantautor logró algo que pocos artistas consiguen: retratar el dolor colectivo sin despojarlo de su humanidad, y hacerlo, además, con la ternura de quien canta desde adentro y no desde la distancia del observador. Su música no solo denuncia la miseria, la militarización o la injusticia; también celebra la dignidad de un pueblo que, pese a todo, encontró en el canto una forma de resistencia. Por eso sus canciones siguen sonando con la misma fuerza casi cinco décadas después: porque no hablan únicamente del pasado, sino de una identidad que seguimos reconociendo como propia.
Y es que, al final, la canción testimonial de Mejía Godoy nos recuerda algo fundamental: que la memoria de un pueblo también se construye con guitarras y con versos. Nicaragua, con su historia marcada por la fragilidad de su libertad y por las heridas que se le han infringido, encontró en Carlos Mejía Godoy a uno de sus más fieles cronistas. Ahí resida el verdadero legado de este cantautor: haber convertido el testimonio de su pueblo en patrimonio sentimental de todos los nicaragüenses.
Bibliografía
Barzuna, G. (1999). La nueva canción y el cancionero popular latinoamericano. Escena, 49-56.
Cardenal, E. (2004). La Revolución Perdida. Managua: Anamá.
Torres, R. (2005). «Canción protesta»: definición de un nuevo concepto historiográfico. Cuadernos de Historia Contemporánea, 223-246. Obtenido de https://d1wqtxts1xzle7.cloudfront.net/53277347/7688-7771-1-PB-libre.PDF
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