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Nicaragua no cabe en una maleta.

Nicaragua no cabe en una maleta.

Ser nicaragüense —eso que llamamos nicaragüaneidad— es una cosa rara. No es una definición que uno pueda buscar en un diccionario ni una lista de costumbres que tenemos que cumplir para demostrar que somos de aquí. Tampoco es ponernos el Güegüense de foto de perfil cada septiembre y asunto resuelto.

Es algo bastante más complicado. Y probablemente también más cotidiano.

Está en cómo hablamos, en las cosas que extrañamos, en las mañas que nos llevamos cuando nos vamos. Está en un gallopinto improvisado con lo que encontramos en un supermercado de otro país, en una canción que de pronto nos devuelve a una calle que creíamos olvidada o en esa necesidad casi absurda de seguir haciendo cosas aunque no haya plata, apoyo ni condiciones.

Porque si algo sabemos hacer los nicaragüenses es rebuscarnos.

Durante años nos han contado una Nicaragua de postal: marimba, lagos, volcanes, güegüense, artesanías y paisajes bonitos para meter en un trifolio turístico.

Y sí, todo eso forma parte de lo que somos. Pero Nicaragua también es el chavalo que se levanta a las cinco de la mañana para buscar cómo ganarse el día, la señora que vende lo que puede desde su casa, el artista que arma un proyecto con dos amigos porque nadie le va a financiar nada o la profesional que lleva años viviendo afuera y todavía se emociona cuando escucha una canción que le recuerda a su barrio.

Ahí también está el país.

La nicaragüaneidad no es perfecta ni particularmente romántica. Está llena de contradicciones. Somos capaces de quejarnos de todo y, cinco minutos después, estar haciendo chistes sobre la misma desgracia. Podemos pasar horas hablando de lo jodido que está todo y aun así sacar tiempo para inventarnos un negocio, organizar una actividad, montar una banda, hacer una película o resolver el clavo que apareció de repente.

El rebusque, de hecho, debería ser patrimonio nacional.

«Algo vamos a hacer» podría ser perfectamente nuestro lema.

Y está también el humor. Ese humor que a veces parece irresponsable, pero que muchas veces es una forma de aguantar. Nos reímos porque hay cosas de las que, si no nos reímos, solo queda llorar.

Y después están los que se fueron. Hay una Nicaragua que ya no vive solamente dentro de Nicaragua. Está en Miami, San José, Houston, Madrid, Barcelona, Panamá y quién sabe cuántos lugares más. Gente que salió por necesidad, por trabajo, por miedo, por oportunidades o simplemente porque un día decidió probar suerte en otro lado.

Pero irse no significa dejar de ser de aquí.

A veces pasa todo lo contrario.

Cuando uno está afuera, cosas que antes parecían insignificantes empiezan a adquirir otro peso. Una canción. Una palabra. El olor de algo cocinándose. Un anuncio viejo. Una foto de una calle. Hasta una manera particular de decir una pendejada.

La identidad, cuando estás lejos, deja de ser paisaje y se convierte en memoria.

Y esa memoria también se transforma. La receta cambia porque no encontraste el ingrediente. La música viaja en Spotify. Las reuniones familiares pasan por una videollamada. El cumpleaños de alguien se celebra a miles de kilómetros. Y, de alguna manera, seguimos construyendo una idea de Nicaragua con pedazos de lo que recordamos.

También desde ahí se crea.

Hay quien escribe, quien pinta, quien hace música, quien programa, quien cocina, quien emprende o quien simplemente cuenta cómo es vivir lejos siendo nica.

Todo eso también es cultura. Pero tampoco deberíamos convertir el «nicaragüense que todo lo puede» en una excusa para aceptar cualquier cosa. Porque una cosa es admirar nuestra capacidad para resolver y otra muy distinta romantizar que tengamos que resolverlo todo solos.

No todo es inspiración, nostalgia y emprendimiento.

También está el cansancio. Las oportunidades que no llegaron. Los proyectos que se quedaron engavetados. La gente que tuvo que abandonar lo que quería hacer porque había que pagar las cuentas. El artista que trabaja de otra cosa para poder seguir haciendo arte. El profesional que terminó emigrando porque aquí no encontraba cómo desarrollar su carrera.

Y está esa sensación incómoda de ver cómo mucha gente que queremos se va.

Uno puede alegrarse porque a un amigo le está yendo bien en otro país y, al mismo tiempo, sentir un poquito de tristeza porque ya no está aquí. Las dos cosas pueden ser ciertas.

También duele ver cómo tantas expresiones culturales sobreviven a punta de autogestión, de rifas, de locales pequeños, de gente poniendo plata de su propio bolsillo y de proyectos que existen más por terquedad que por condiciones favorables.

Pero quizás también ahí está una parte importante de nuestra identidad: en la gente que insiste.

¿A qué suena tu Nicaragua hoy?

Por eso la pregunta de qué significa ser nicaragüense no tiene una sola respuesta.

Y quizá tampoco debería tenerla.

Un país no es solamente un territorio. También es lo que recordamos, lo que contamos, lo que hacemos y hasta las cosas que decidimos no olvidar.

Puede ser una canción de Milly Majuc sonando en una fiesta. Puede ser una marimba en una plaza. Puede ser alguien componiendo rock en un cuarto, haciendo reguetón desde su computadora, grabando un podcast en otro país o mandando por WhatsApp una canción que hizo con sus amigos.

Puede ser alguien en Managua, alguien en León o alguien al otro lado del mundo.

La nicaragüaneidad no es una pieza de museo. Tampoco es una lista de símbolos patrios.

Es algo que seguimos haciendo.

A veces con orgullo. A veces con nostalgia. A veces cagándonos en todo.

Pero seguimos haciéndolo.

Porque aunque uno se vaya, aunque cambie la ciudad, el trabajo, el acento o hasta la forma de cocinar el gallopinto, hay cosas que se quedan.

Y quizá por eso la nicaragüaneidad no cabe en una maleta.

Porque nunca fue solamente el país que dejamos atrás.

También es el país que seguimos construyendo, recordando e inventando donde sea que nos toque estar.

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