Por Kembor.
VII.
El éxito de la obra hizo, sin duda, mi rutina y, por ende, mi vida más activa, pero eso acarreó un claro problema.
Un mes después del estreno de la obra, renuncié al supermercado luego de tres años de faenas únicamente físicas. Los compañeros de trabajo lo tomaron a mal y no querían que me fuera, pero igual no pensaba quedarme por ninguna razón.
La patronal me ofreció una promoción, pero les dije que no. No se trataba, al final, de un asunto de dinero.
En ese sentido, organizaron una bonita despedida y me desearon lo mejor. Con cierta melancolía recuerdo la fiesta y los abrazos, pero las tablas y, como dije, los problemas esperaban.
VIII.
Una tarde que regresaba de un ensayo para la próxima obra, miré a varios de mis vecinos afuera de la casa hablando con tres policías.
Mientras me acercaba, alcancé a escuchar:
—Ahí viene, oficial. Él tiene que responder. No es posible, esto ya no se aguanta y él es el que vive en la casa. ¡Ahí pasa algo raro!
Sentía que algo andaba mal y que había llegado el momento de tomar una decisión: decir la verdad sobre los amigos visitantes o negarlo todo. No obstante, quería escuchar primero lo que me iban a decir y qué tan grave era la situación, según mis vocacionalmente tapudos vecinos.
—Buenas tardes —les dije a todos.
—Buenas tardes —respondió el oficial—. ¿Usted vive aquí?
—Así es, oficial. Desde hace cuatro años.
—Es que dicen sus vecinos que escuchan ruidos y suenan las cosas, abren y cierran puertas, apagan y encienden luces, todo mientras usted no está en la casa. Pues quisiera que me respondiera algunas preguntas.
Lo miré con cierta extrañeza, pero recordé que era yo el amigo de los fantasmas y que nadie más tenía por qué saber nada.
—Bueno, no entiendo —le dije, haciéndome el maje—. Yo vivo aquí solo, nadie entra y nadie sale más que yo y siem…
Entonces una chavala chaparra de la venta de fritanga me arrebató la palabra.
—Pues sí, ya se sabe que vivís solo, pero aquí asustan y ya nos vas a decir qué es lo que pasa. Hace como tres días pasé cerca de la puerta y me jalaron el pelo. Otro día que vine a dejar unas tajadas, se fue la luz y me quitaron la bolsa de las manos.
—Sí es cierto, a mí una vez me quitaron unos cigarros —dijo el mecánico—. Todo es que uno se acerque a la puerta o si la ventana está abierta y ¡faaa!, te hacen algo. Yo no sé, señor. Usted es todo raro y quién sabe quién vive ahí adentro —dijo la fritanguera.
—Lo raro es que nadie sale ni entra, solo él —replicó la misma mujer.
El oficial me dijo:
—¿Es verdad todo eso?
Y le respondí:
—Mire, oficial, yo trabajo de ocho a cinco en el teatro nacional. Si fuera verdad lo que dicen, hace tiempo me lo hubieran dicho ellos mismos y hasta la fecha nunca me han dicho nada.
—¡No, es que es demasiado! —dijo una señora bien caderuda—. Hoy, que pasé en la mañana de viaje, me tocaron las nalgas. ¡No puede ser! ¡Entonces usted es brujo! Aquí tenemos que ver lo que hay adentro.
—Miren —les pregunté—, ¿por qué hasta ahora me lo dicen? Yo siempre he estado aquí y no tengo nada que esconder.
—Pero es que usted pasa todo serio ahí y ni lo saluda a uno —dijo la chaparra—. Yo creo que le caemos mal.
—¡Sí! —asintieron el mecánico y la nalgona.
—Usted sabe, oficial, que sin una orden del juez no pueden entrar a mi casa. Adem…
De nuevo me arrebataron la palabra.
—Sí, hermano, pero tenemos rato de estar así. Aquí roban, tocan, ¡asustan! Todo pasa y ¿qué vamos a esperar? Si no decís, además, que no tenés nada que esconder, pues…
—Bueno, miren, no podemos hacer nada sin la orden del juez —dijo el oficial en jefe—, pero la vamos a ir a traer.
—Es la palabra suya contra la de ellos.
—Señor, haga lo que tenga que hacer. Si mi solitaria casa es motivo para que la policía la revise, pues las puertas están abiertas —respondí.
—Tienen que revisar bien —dijo la culona—. No es posible que sigamos así. Este ha sido un vecindario muy decente y honrado siempre y lo sigue siendo.
Los oficiales quedaron en ir a buscar el documento judicial y levantar la investigación.
El celador, que estaba ahí y no había querido hablar, me dijo:
—¿Se fija? Yo le dije, la gente está alerta sobre su casa y usted no creyó.
Le sonreí, respondiendo:
—¡El que no la debe no la teme! ¿Verdad?
—Con permiso, tengo que hacer —y los dejé hablando solos.
IX.
Entré y cerré todo. Me senté en la sala y las risas contenidas de los tres se alcanzaban a escuchar mientras miraba por la ventana a los vecinos alejarse.
—Ustedes no son serios —les dije.
Los tres se hicieron visibles a la vez y, cuando reían juntos, emitían un extraño y tenue color naranja que no había notado hasta ese día.
—¿Y ahora qué voy a hacer? —pregunté.
—Jajajá, mi estimado, no se preocupe por eso —dijo Matt—. Déjalos que vengan. La policía no encontrará nada nunca.
—Ustedes son estrellas —volví—. ¿Cómo le van a tocar el culo a la gente, robarle las cosas? Me están metiendo en problemas.
—¡Ese fue Jerome!
—Bueno, mon ami —dijo Jerome—, solo extrañaba a las bailarinas del Moulin Rouge.
Vania estaba fumando.
—Sí —intervino—. Solo nos queríamos divertir un poco. Aquí los vivos son bien miedosos, jajajajá. Además, quería fumar ese día también.
—¿Pero entonces en qué quedamos? —dije.
—Déjalos que vengan —dijo Jerome—. Ese día no venimos o nos hacemos invisibles.
—¿Y qué es ese color que brilla en ustedes?
—Es el necrohumor —dijo Matt—. Todos los fantasmas lo tenemos y se enciende cuando queremos hacernos más notables.
X.
La policía llegó un sábado. Los actores habían prometido no aparecer, pero no siempre cumplían su palabra.
Con cierto aire de prepotencia castrense, los tres policías revisaron mi casa.
—La verdad es que aquí ni hormigas hay —dijo el jefe—. Y esto está muy palmado para que estén asustando.
—Como dije y repito, no tengo nada que esconder.
—¿Y usted ha notado algo raro? Dicen que lo escuchan a usted hablar con alguien. ¿No padece de ninguna enfermedad? —me preguntó el investigador.
—No, oficial, ninguna. La gente habla porque quiere. La verdad es que yo no me meto en la vida de nadie.
—Pero varias veces han llegado a la delegación o han llamado denunciando que aquí es un escándalo, que meten mujeres, que oyen otros idiomas, dicen. ¿Qué es lo que pasa entonces?
—Pueden venir todas las veces que quieran —les dije—. Lo que ven es lo que hay.
Los tres se sentaron en las sillas.
—¡Y esto está helado! —dijo uno, sorprendido—. ¿Y a qué horas sale usted todos los días a trabajar?
—En el teatro —dije—. A las siete y media, por lo general. A veces más temprano.
—Sabía que usted puede ir detenido por mentirle a la autoridad —dijo el jefe del modo más pedante.
Pasaron a mi cuarto, porque no lo habían revisado todavía.
—Abra el armario —me ordenó el jefe.
Lo abrí, moví mis camisas, mi ropa y nada.
De repente, la temperatura de mi habitación bajó notablemente.
—¡Y qué frío que hace aquí! —dijo un oficial sorprendido.
Normalmente, cuando los espíritus venían, se ponía un poco más fresco, pero ese día estaba helado. Ellos estaban ahí esperando el momento para asustar.
—Entonces nos va a tener que acompañar, amigo —me dijo—. Si aquí hay alguien o algo, entonces nos estás mintiendo.
Los oficiales se levantaron, sacando las esposas, pero una explosión de risas sonó, estremeciéndolos.
—¡Aquí nadie se lo lleva, ustedes son los que se van! —les gritó Jerome.
—¡¿Cómo?! —gritó el jefe—. ¡Hernández, dispare al ropero pronto! —le ordenó.
El policía hizo cinco detonaciones y todo quedó en silencio.
—¡¿Cómo es que dice que está solo?! ¿Y esas voces? —dijo el otro oficial, casi temblando—. Nos va a acompañar —me ordenó.
—Yo no he hecho nada —les dije—. Nada de eso.
—Allá en la delegación vas a hablar, papá —me dijo de nuevo con prepotencia.
No obstante, el motor de la patrulla se encendió y los tres hombres, inundados de asombro, se acercaron a la ventana para ver lo increíble: ¡la patrulla comenzaba a moverse sin que nadie la manejara!
—¡Hernández, Rosales, detengan la patrulla, hijueputa! ¡¿Qué pasa aquí?!
Los policías salieron casi volando de mi casa y corrían tras la patrulla, haciendo el ridículo de sus vidas, gritando:
—¡Detengan la patrulla! ¡Detengan la patrulla!
El jefe se quedó conmigo.
—Como sea, te llevo detenido. No jodas.
Tocaron la puerta.
—Vaya a abrir —me dijo.
No había nadie afuera. El jefe se salió a confirmar y, en eso, le quitaron la pistola.
—¡Oí, hijueputa! ¡Mi pistola!
Le pegaron una patada en el trasero. Atónito, me quedó viendo.
—¡Sos brujo, vos, hijueputa!
Mientras Vania y Matt sonaron dos veces al aire la pistola, el hombre salió corriendo.
—¡A la gran puta, aquí vive el diablo! —decía—. ¡Qué cagada!
Mientras los fantasmas invadían la casa de carcajadas, yo hacía un gran esfuerzo por no reírme, rascándome la cabeza y viendo mi reloj para disimular.
Los policías no volvieron. Al parecer, la mala experiencia podía ser peor la próxima vez y dejaron el asunto como un pleito de vecinos. Además, tuvieron que asumir los daños de la patrulla que Jerome había chocado contra un bus vacío que era el recorrido también de la institución.
Por otro lado, nadie les creyó la historia de que unos espectros los desarmaron y los hicieron correr, volviéndose el hazmerreír de la Policía Nacional.
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