Los actores y yo. Pt. 3
Por Kembor
V.
—¿No te parece —me dijo Jerome— que sería bueno vivir más intensamente tu vida? No te vemos en ninguna aventura ni viajes, nadie te visita aparte de nosotros y lo único que realmente haces es ir al cine solo todos los sábados.
Ese día era sábado y la función había terminado hacía horas.
—Querido —me dijo Vania—, sabemos que llevás una vida emocionalmente solitaria. No hay amigos, novia y ni siquiera tenés una vida social.
—Bueno —respondí—, así es como me gusta vivir. Es decir, me siento a gusto y satisfecho con mis decisiones.
—No, my friend, it is time to change —dijo Matt—. El próximo lunes habrá una primera audición para la obra La Sartén por el Mango, una comedia donde harías un excelente papel y, como profesor, te recomendaría intentarlo. Nada perdés con probar.
El fantasma se refería al mismo anuncio que había escuchado en el supermercado por la radio.
Tenía ganas de ir al baño y me levanté. Mi despreciado baño siempre tenía olor a sarro debido a las oxidadas tuberías. Era feo, de verdad. Muchas veces hablé con la dueña del apartamento para que le hiciera algunas mejorías, pero nunca ocurrió. La dueña era una vieja irresponsable, solo interesada por el dinero.
Terminé la sesión en lo que un día fue un blanco y reluciente trono. El inodoro, además de ser viejo, hacía mucho ruido; el lavamanos no servía y siempre tenía que lavarme las manos con el agua que guardaba en un balde, porque además en esa zona nunca había agua, exceptuando en la madrugada. Temía que un día mi noble, pero malquerido sanitario se dañase para siempre, lo que significaría, sin más, abandonar ese lugar.
Regresé a la sala secándome las manos.
—Necesitás volver a reír, volver a la alegría —dijo Vania.
Al no responder, Jerome preguntó:
—¿Cuándo fue la última vez que saliste con alguien?
Pero yo no respondí.
—¿Ves? Ni siquiera vos sabés. Nadie puede vivir sin la libertad de la alegría, ¿o sin la alegría de la libertad? De lo contrario, nos comenzamos a enfermar y vos estás muy cerca de eso. Tal vez no te has dado cuenta incluso.
El espejo de la sala no reflejaba nada más que a mí hablando solo. Tres de mis cuatro sillas de marimba se mecían sin nadie encima y, sin embargo, las voces, el sonido y el movimiento eran reales como la presencia de cualquier energía o materia.
—¿Ustedes creen que es normal que esté hablando solo en esta sala y, a la vez, acepte que hay algo más que yo aquí mismo y ahora?
El trío se detuvo en seco en las sillas y luego echó a reír.
—La gente se va a dar cuenta de que pasa algo en esta casa —les dije.
—No importa —dijo Jerome—. ¡Si ya lo saben!
Los asustamos y volvieron a sonar las risas como un estruendo atmosférico.
—¿Cómo es posible que el otro día miraba la apariencia traslúcida de cada uno y hoy son invisibles por completo? —les pregunté.
—Eso lo hacemos a voluntad —me respondió Vania—. Si queremos, nos ven; si no, no. Nosotros lo vemos todo y a veces nos aburrimos de ser grises e insípidos.
—Te hemos visto actuar muchas veces frente a ese espejo —continuó— y sé que para los vivos parecería un acto un poco demencial, pero te digo la verdad: la actuación es algo nato en vos.
Me quedé callado y me dije a mí mismo: «Soy un hombre trabajador, pero solitario. ¡Pero los tres tienen razón! Mi vida social no existe todavía».
Por años atribuí esa situación a mi nueva vida en la gran ciudad. La gente del trabajo era gente mayor o casados y no eran muy receptivos a la vida nocturna.
Tampoco en el gimnasio ni en la biblioteca la gente era muy sociable que digamos. A veces no entendía las razones de mi soledad, pero en realidad no tenía contactos y mis amigos se habían quedado en el pueblo del cual yo también quise divorciarme y evitar su abismal aburrimiento que, irónicamente, hoy padecía.
Es cierto que me gustaba la actuación, pero como un aficionado, nada más.
—Jamás consideré ser un profesional de eso, porque yo tengo mi carrera —les dije.
—¿Y quién jodido les dijo a ustedes que pueden meterse en mi vida?
—Nadie —respondió Jerome—. Aceptemos los hechos: no vas a trabajar en otra empresa mejor o algo así. Las circunstancias y las oportunidades laborales no lo permiten. Algunas personas manifiestan su vocación y devoción luego de tener una carrera determinada.
—Queremos verte en acción —me dijo.
—¿Pero en acción de qué? —les pregunté desconcertado.
—Queremos que actúes —dijo Matt, mirándome con seriedad.
—¡¿Actuar?! —les dije—. Y me reí abiertamente. ¿Pero cómo? Eso no tiene pies ni cabeza para mí.
—Siempre comenzamos siendo otra cosa —expresó Matt—. Además, y en eso coincidimos los tres, ya no tenés alternativas y tenés talento.
Hablaron intentando convencerme durante una hora o más y luego se fueron, no sin antes decirme dos cosas: la primera, que vendrían al día siguiente; y la segunda: «Probá tu talento o te resignás al letargo de tu realidad», sentencia que quedó resonando en mi cabeza.
Me metí en la cama con la mente llena de dudas sobre todo lo que habían dicho de la actuación y de las oportunidades. También me preguntaba por esa audición y los resultados. Lo que hacía frente al espejo era imitar y, a veces, un poco improvisar ciertas escenas cómicas, ocasionalmente algunos diálogos, pero aun así no tenía un método ni mucho menos.
VI.
Al día siguiente llegaron. Era una mañana con la presencia de una inesperada neblina, algo fortuito realmente para una ciudad tan húmeda, mientras aún bebía mi café en una taza que decía Black Sabbath.
Se sentaron cerca de la ventana que daba a la calle.
Jerome dijo:
—Sabemos que eres capaz de llegar a ser actor, solo es cuestión de pulirte.
Yo no respondí. Fruncí el ceño y terminé el último trago.
—Mi realidad es muy diferente a la historia de cada uno de ustedes —les dije.
—Solo tenés que darte la oportunidad —dijeron—. Nosotros te vamos a enseñar lo que es y no es actuación.
No voy a negar que la idea de dejar el supermercado me era atractiva, pero también plantear mi vida como actor era aventurarme a algo que hasta ahora había sido solo una sana afición.
Los fantasmas me ofrecieron darme clases de actuación en mi casa y yo acepté, sin pensarlo mucho, pero también sin mucho que esperar, al menos para probar suerte el día de la audición.
Las clases duraban toda la semana después de llegar del trabajo, y me familiaricé al escuchar sus historias y bromas de tiempos distantes.
Finalmente llegó el gran día.
Salí al teatro Sófocles, un teatro pequeño donde por lo general se presentaban obras independientes y experimentales. Llegué y había gente de todas partes. Llené el registro y esperé mi turno.
Mientras tanto, caminé por el lugar, que tenía como un pequeño museo, y observé una litografía de una obra llamada ¡Esmeralda!
(¡Era el nombre que por fin había recordado!)
Y, por otro lado, era una obra sobre la biografía de la famosa gitana de Notre Dame.
Me sentí distraído con el nombre en el cuadro, como si esperara escuchar alguna palabra proveniente de la imagen misma. Tal vez era el resultado de haber pasado meses hablando con gente inmaterial, pero decidí tomar un café para concentrarme en la audición.
Después de hora y media me llamaron. Me pidieron improvisar escenas dramáticas, cómicas y románticas, y los consejos de los fantasmas dieron resultado.
También me pidieron improvisar diálogos y hacer un monólogo corto que pude elegir entre otros y que Jerome me había hecho practicar durante veinte días seguidos, llamado El Caminante.
Los jueces dijeron que mi expresión era fluida y ligera.
Luego de terminar, me sentí invadido por un extraño sentimiento de libertad que me acompañó todo el día.
Quedaron en llamarme días después y lo hicieron.
Volví a la casa después de mediodía y la desolación que siempre me daba la bienvenida ya no estaba. Los actores estaban con sus bromas habituales. Al entrar me senté en el sofá.
—Bien —dijo Matt—.
—Supuestamente me van a llamar —respondí.
Diez días después, el teléfono sonó. Me dieron el papel. Los actores estaban felices y ofrecieron un brindis en mi honor.
La obra se estrenó tres semanas después, logrando un éxito comercial y de crítica pleno. El aforo del teatro agotó sus localidades durante cinco noches seguidas.
Era una comedia que satirizaba el acto del divorcio como salida al matrimonio, La Sartén por el Mango:
«¡Nadie sabe lo que tiene hasta que lo firma!»