Visita del devorador de sueños

Visita del devorador de sueños

Por: Carlos Fernando Gómez González

Esta es la historia de un joven que debía asistir a un grupo de estudio. Una de sus compañeras propuso su casa y los otros dos integrantes aceptaron asistir. Luego del colegio se reunieron en el recorrido de la chica para ir. En el hogar, los recibió un señor canoso con rasgos asiáticos dando una pequeña reverencia. La chica les presentó con su abuelo. Todos hicieron una pequeña reverencia ante él. La chica los invitó a pasar. Lo que más captó la vista de sus compañeros fue una colección de katanas y unos cuadros de lo que parecían ser seres legendarios oriundos de Japón; la mayoría parecían aterradores. El abuelo les dijo que, si tenían tiempo, luego les explicaría sobre los cuadros. El joven le hizo saber a la chica que su abuelo le parecía extraño; ella simplemente sonrió y dijo, pero le apasiona todo lo que tenga que ver con la cultura de sus antepasados. Está orgulloso de ellos y por todo lo que tuvieron que pasar. Los otros dos le dijeron que simplemente tenía miedo de los cuadros y que sería un cobarde si no escuchaba las leyendas. Terminaron rápidamente la tarea y se dirigieron a la sala para escuchar las historias. Era un viernes, y no tenían compromisos para el fin de semana, así que repentinamente pidieron permiso para quedarse a dormir en la casa de la chica quien les había propuesto la idea. Con el permiso otorgado cada uno se sentó tranquilamente a escuchar al señor. El señor les ofreció té en unas tazas a las que se les había practicado Kintsugi y empezó felizmente a contar la historia de una máscara roja.

—Esos son los tengus, ¿verdad? —preguntó uno de los niños.

—Sí, los defensores de las montañas y bueno, algunos peligrosos embaucadores.

—¿Y los de ese cuadro qué son? —preguntó el otro niño.

—Esos son onis, los capturaron en esos cuadros por ser unos yokais violentos y atormentar a las personas incluso en sus pesadillas. Mis antepasados blandieron esas katanas con valor para defender a los indefensos. Algunos dieron su vida por eso.

Un sentimiento de superioridad invadió al joven y se burló de la historia del señor. Se paró y se acercó al cuadro que se había tornado más oscuro. —¡Son simples pinturas! —gritó, mientras lo rasgó. Él joven se dirigió al cuarto de huéspedes y se dispuso a dormir.

—Ese niño no sabe lo que hizo. Ahora está en peligro. Creo que el cuadro lo tentó y su carácter no fue lo suficientemente fuerte para resistirlo —dijo el señor—. Ahora el oni intentará poseerlo.

—Tenemos que ayudarlo —dijo la chica—. ¿No podemos hacer algo?

—Usa este talismán, y llama a un baku, pero déjaselo en el cuarto sin que se dé cuenta, lo más probable es que no lo acepte.

Entró a escondidas y dejó pegado el talismán cerca de la cama donde reposaba el joven. La habitación se volvió oscura. Y la chica salió y cerró la puerta. Los otros dos niños estaban perplejos, no sabían lo que estaba pasando. El señor les recomendó irse los tres a su cuarto que estaba protegido. Él esperaría para ver si podía hacer algo.

Unos gruñidos le hicieron abrir la puerta. El joven se revolcaba en la cama. Cuando de repente, el mismo tipo rojo con largos cuernos del cuadro salió expelido de la cabeza del niño, seguido de un animal parecido a un tapir, con cabeza de león y trompa de elefante. El baku, a como se le llamaba a ese tipo de criatura, creció y devoró de un bocado al oni para desaparecer haciendo una pequeña reverencia al señor quien le agradeció con otra.

El niño despertó y se disculpó con el señor. Todavía era de noche. La chica propuso una pijamada y el niño les contó la pesadilla en la que había sido sumergido y de cómo ese yokai lo rescató. Al día siguiente todos se despidieron cordialmente del señor y su nieta, esperando volver a escuchar más sobre los yokais.

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