El son nica

El son nica · Revista Cultura Libre

Nicaragua no puede escucharse a un solo volumen ni tono. Antes de saber explicarnos, aprendimos a sonar.

Sonamos a marimba, sin lugar a dudas, pero también a guitarras acústicas, a percusión, a zapateo, a Mayo Ya, a rock, a frecuencias AM y FM, a Radio Tigre, pero también a La Picosa. Sonamos románticos, clásicos. Sonamos a bosque, a playas, a Prosas profanas. A Momotombo, ronco y sonoro.

Sonamos a vendedores ambulantes ofreciendo cualquier chuchería en las calles o huevos exóticos. Al sonido que anuncia la llegada del carrito del raspado o al golpeteo pobre de un tambor de la gigantona. Sonamos a un bullicio terco y vivo.

Somos un país que, incluso cuando está en silencio, suena. Porque en Nicaragua no se ríe: se carcajea. Y así como se disfruta la vida, se lloran las penas, amargas y lentas. Nuestros velorios se llenan de algarabía y anécdotas, mientras que nuestros fines de año se viven entre abrazos profundos y lágrimas irracionales, con el estruendo de las cargas cerradas y la luz de las inalcanzables luces chinas de fondo.

Donde hay un nica, no hay silencio. No importa si estamos en los buses, en las calles, en la escuela o en la iglesia. El ritmo está con nosotros y, muchas veces, nuestra lengua se mueve más rápido que el pensamiento. Si cerrás los ojos en este preciso momento y pensás en Nicaragua, vas a ver a personas hablando.

Algunos días nos levantamos con la barata anunciando la recolección de chatarra; otros, con la campana del camión de la basura. Cuentan que, hace unas democracias atrás, cuando se iba la luz, la gente gritaba, y cuando volvía, gritaba aún más. Cuando llueve, siempre hay una subalarma que refuerza la descripción del hecho, como si el sonido de las gotas de agua cayendo sobre las latas no bastara.

Rezamos y cantamos, hablamos y cantamos, extrañamos y cantamos, celebramos y cantamos.

Cantamos, cantamos, cantamos.

Cantamos porque el pecho se vuelve pequeño para guardar lo que un nica trae dentro. Cantamos para ser libres y sobrellevar las pobrezas. Sonamos porque la mortificante angustia que cargamos en nuestra historia solo se aligera cuando la música y las palabras se activan.

Porque, al final, detrás de cada acorde y de cada bullicio, el hilo conductor son las personas. Nicaragua suena a su gente y a las historias que nos componen como sociedad. Ya sea por experiencia propia o por labios de terceros, casi toda Nicaragua ha escuchado los cuentos de Pancho Madrigal, conoce a La Cegua o adolece con Pobre la María. Con historias y macabras máscaras de agüizotes sometimos al terror a los españoles y decidimos vincularlo a lo santo.

Hemos encontrado en la narración una forma de sobrevivencia colectiva. Una manera de crear vínculos con los cercanos o con quienes murieron sin que llegáramos a conocerlos, pero por quienes sufrimos. Un camino para no olvidar de dónde venimos y entender que las rupturas sociales que vivimos hoy han sido provocadas por los horrores de las desgracias pasadas y presentes.

Narrar, entonces, deja de ser un simple pasatiempo para convertirse en trinchera. En un país donde la voz oficial pretende imponer un tono monocromático y un silencio obediente, la memoria oral —contar lo que vivimos en el murmullo de una cocina, en una conversación en el bus o en la letra de una canción— se vuelve desobediencia.

Nuestra identidad sonora no es solo bulla ni folclore: es testimonio, como el Cristo quemado. Cada relato que compartimos es un hilo con el que tejemos el mapa de lo que nos han quitado y de lo que nos negamos a perder. Porque contar nos recuerda que el dolor compartido se vuelve fuerza.

Contamos para sanar, o para tratar de hacerlo; contamos como cuidado mutuo, como amuleto de protección. Nicaragua suena a nuestras historias para que nadie olvide y para que el Nunca Más sea una garantía.

Por Alexander Null

CulturaLibre
Revista cultural nicaragüense dedicada a contar, pensar y conservar historias desde distintas voces jóvenes.

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