Un viaje

Un viaje

Por: Rolando Dávila Sánchez

Una noche cuando salí de práctica, habría tenido la firme convicción de caminar a mi retorno, como hace muchos años en secundaria. En aquel entonces solía caminar hasta la parada más lejana, platicando con mi amigo, porque ahí pasaba el bus vacío, aunque tuviera que esperar un rato. Ya me habían robado en ese bus llenísimo, fue traumático, cinco pandilleros amenazándome con un tenamaste, por lo cual me pagaron recorrido de regreso unos años. Pero luego esa opción era mejor, incluso llegue a caminar todo el trayecto hasta casa alguna vez. 

Aquella tarde salí para hacer varias gestiones, caminé un buen trecho del mercado a una gasolinera a sacar un dinero que luego fui a depositar bastante cerca. Brisaba, pero tenía buen tiempo, me fui caminando a la práctica hasta el parque, era un trecho más largo todavía, caminando a prisa, igual se humedecieron mis zapatos. Todo el recorrido por avenida principal, algo de gente en las paradas, otras caminando también rápido, no mucho que decir.

La práctica terminó tarde, recordé que, en mis tiempos de universidad, el último bus que me lleva de ahí pasaba entre las ocho y media a las nueve, la otra ruta desde el mercado entre nueve a nueve y media; eran tipo las ocho con diez, había tiempo. 

Pude haberme ido a esperar el primer bus, pero esa parada es muy oscura y solitaria, además que pasa gente bien chiva por ahí, la siguiente estaba bastante lejos, la exposición era la misma. Mejor me iba caminando con un compa a su zona, por una parte, del camino podía pasar un bus que me lleva, o si no, luego de dejarlo a él, quedaba en una ruta de dos buses que me servía; era mejor opción. Él camina rápido o yo lento que me tenía que aligerar, pasamos el punto de mi primera opción y a la cuadra él mencionó: “¿te acordás de aquella noticia?”, “¿cuál?” -digo yo-, “del hombre que llegó a la casa a matar a su ex”, “ajá” -le respondí, pero la verdad sin saber de cuál de todas hablaba-, “es por aquí…”. Ahora soy yo quién aligera el paso, no sólo por lo dicho, él ya se va iba a quedar, de ahí iba por mi cuenta y para colmo toda esa zona tenía poca luz y a esa hora era toda solitaria.

Me cambié de calle como si fuera mi rumbo natural porque en una esquina estaban dos hombres buscando que sacar de un contenedor, de esos cuartitos largos de cemento; aunque el bus pasaba de ese lado. Me arrepentí luego, al ver que salieron detrás dos más con una bici, en una de esas tantas que volteaba esperando ver venir mi ruta para cambiarme rápido de vía. No podía estar volteando a cada rato, era más sospechoso, más bien busqué la forma de volverme cambiar; aunque si me iban a asaltar les dará igual… otra nueva decisión, me iba por un camino más luminoso para llegar a mi parada o siempre igual con el chance de que pasara el bus, seguí, al ver salir de un autolavado a una mujer y dos hombres, si caminaba rápido los podía alcanzar y después caminar lento para ir más o menos juntos, debían ir a la misma parada, pero al cabo de alcanzarlos se cambiaron de calle, vaya, tenían más miedo de mí; en todo eso pensaba.

Era la recta final a mí parada y nada del bus, si había gente esperando diría que había esperanza todavía, sino tendría que caminar más. Sólo faltaba caminar frente al mercado, al menos había buena luz, veía unos cartones como camas, pero nadie cerca, dos niñas pasaron con compras en una bolsa de gabacha y una que lo parecía, sola, como esperando, hasta sentí que debía hablarle para saber si estaba bien, pero más de cerca, mejor no. Otros indigentes pedían un peso, sillas y mesas para el café con pan de un lado, bares del otro… hasta pensé que debía detenerme a vivir la experiencia completa, pero sólo andaba un billete de cien, no alcanza, y justo se estaba llenando la última caponera; llegué a eso de las diez a la casa, pensando en qué, en otra condición, en cualquier punto de este viaje pudo haber sido muy diferente.

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