El Problema de los Tres Cuerpos: Venus; Inicio, Heredero de Cenizas
Rolando Dávila-Sánchez
El aire en la habitación huele a moléculas eternas, bencénico-sílicoso, quitina, metal-orgánico que ha renunciado, o que no conoce, su propia arquitectura. Estoy herido y muero desde que sé que estoy aquí, una convalecencia que se siente más como una transición que como una recuperación. Cerca de mí persiste un sonido semi-constante como las de mi mente que a veces lejana y otras cercanas se desquebrajan en formas que desconozco, máquinas de ilusión rítmica en un metrónomo que se apaga por el ácido y esas condiciones inhóspitas. Ellos están ahí es una sensación como sentirse a sí mismo por oscuro del espacio sabiéndose que uno mismo está a como otros debían estar para que uno pudiera estar, pero tanta es la ilusión como un nervio fantasma. Sombras blancas fallecen al movimiento con el oscuro de su exoesqueleto y creíamos que el movimiento de los insectos era la eficiencia por excelencia, pero se alejan. Nada interactúa. Estoy solo con el peso de mis órganos fallidos y este silencio que solo se rompe con mi propia respiración sibilante, la piel no estaba preparada.
Esa progenie no directa, hijos sin el vetusto carmesí ni el azul pálido, vástagos d’esas ideas para iniciar pero que no tienen forma para saber ni heredar esa estructura. Son vistos a través de un cristal escogido de asbesto como la terminal. Pero sus caras son lienzos amorfos, esperando una orden que les dé sentido antes de que el silicato del monitor dicte sus últimas lecciones.
—Escuchen —susurró, esa voz se apaga en un medio que no sabe ni espera ni conocen—. Orden. Eso es lo único que nos separa del caos de las nubes de ácido. Un llamado al orden simple: cada pieza en su sitio, cada voluntad bajo el yugo de la necesidad.
Siente el frío subiendo por lo que eran sus extremidades. Es hora de practicar el lenguaje por última vez, lenguaje diseñado para ser exacto (gélido), nada de metáforas engañosas que simulasen el afecto que hubiera querido tener. Gramática de bloques, parecida al norte (como si norte hubiera) en su honestidad estructural, donde el sujeto no es el individuo, sino la función que ocupa.
„Ordning är grunden. En för alla. Alla för en.”
Palabras que se sienten sólidas como esas piedras púmblicas, el uno para todos y todos para uno; espejo perfecto de la aniquilación individual en favor del organismo mayor, Luca.
… segunda posición, roca
Se inicia a jugar, imagen sensible al sobre de un regazo un juego de posición pero sobrevivencia cuál día o la noche insospechada más sólo la certeza del tercer cuerpo. Es algo como una oración antes de dormir. Nadie lo sabe desde siempre y desde nunca, con honestidad es la forma de los antiguos sin saber cómo, tampoco tiene esperanza alguna y no es como que los cálculos sirvieran de ayuda, ¿acaso han estado ahí para morir sin preguntarse más nada y mucho menos desearlo? El sueño es preferible a esta lucidez fragmentada.
Muevo un algo debajo de mí que se desintegra junto con mi mano, Bondens offer, todo sacrificio es conjunto.
Así inició la vida en un segundo. No con poesía, sino con cálculos de presión atmosférica y resistencia térmica. Cuando los primeros módulos descendieron sobre el infierno amarillo, no llevaban banderas de naciones, llevaban estas premisas grabadas en el código de sus sistemas de soporte vital.
—»El uno para todos» —impreso en un código molecular lo más pequeño posible pero tan fuerte que fuera lo importante—. Fue el código de la primera esclusa. Si esto encontraba fallo, la atmósfera devoraba todo (y eventualmente lo hizo, tan bien, que lo sigue haciendo).
Y un espejo: «todos para uno», fue la mentira necesaria para que esos se dejaran consumir por la visión de uno solo. La simetría perfecta de manipulación y supervivencia. En el Venus primigenio, el cielo es un techo de plomo y el suelo es un horno. Allí no importan de dónde procedían a fin que todo se siente en el pecho como la medición de cuotas de aires tanto compartidos como comprimidos que no toda esa población necesita, de alguna forma quisieron creer que escapar era fácil sin la noción de que también pensarían lo mismo y les tocaría vivir una especie de incongruente repetición.
Nadie tiene ya ni reflejo intelectual progenitor que intente observar, por el tiempo mismo no tienen forma de sobrevivir. Ni llanto ni movimiento perceptible. Capaz ni procesamiento – estás aquí. Se les estrega lo que se desconoce así mismo con cualquier respuesta ambivalente del materialismo o espiritual, les entrega el lenguaje de la colmena mientras sus pulmones se llenan de una especie esponjosa irregular, una última jugada en la que un semi-sólido pasa mientras el otro se vira; siempre será divertido.
Una última reproducción automática, himno antiguo, marcha que cae con una centrípeta imposible y ahora sólo resulta en la extensión de vida improvisada. Será lo que sea muy a pesar de la idea.
Suena a imposible como si nada de eso se hubiese conocido antes como si un dulzor eterno hubiese impregnado el hipnotismo de lo inescrutable, pero les resuelve la vida, no existe eco en el espacio por la ausencia del rebote que siquiera se dieran cuenta del rebote de la música desnuda de la última exhalación. Aún antes del impacto a sabiendas del resultado se ha vaciado el nombre de significado para que la estructura sobreviva. Pero, sobreviviente de vista, no lo sabrán, resultado de sí mismo, tampoco hay forma de saberlo.
Recuero un amanecer ahí, había un intenso centellante que dividía la visión y sólo se podía pensar en ese extenso fulminante negro que seguía a la luz con gestos muy parecidos a los tuyos cada día, incluso los imperceptibles. El destino entrega el olvido, lenguaje se desvanece en la mente, dejando solo la estructura ósea de las palabras. Nunca quise despertar. No hay incertidumbre en mi fatiga, solo la aceptación de que el juego ha terminado y el orden, por fin, se ha impuesto sobre mi propia vida.
—Duerman ahora —le digo a mi progenie, aunque sé que ellos nunca cierran los ojos—. El espejo se ha roto.
Me sumerjo en el sueño, esperando que el vacío sea, al menos, un lugar sin ecos.