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Repensar el transporte público en Nicaragua

Repensar el transporte público en Nicaragua

Por: Valeria Morales.

Todos los días hay millones de nicaragüenses transportándose alrededor del país, en diferentes medios. ¿Quiénes se transportan? Niñas, niños, jóvenes, adultos, personas de la tercera edad, mujeres embarazadas o con los bebés en los brazos, personas con discapacidades; entre otros grupos poblacionales. Antes de iniciar con este breve artículo, parto de un supuesto particular que deja entre ver las vulnerabilidades que muchas personas experimentan en sus viajes diarios:

  • Una madre soltera tiene cita en el hospital Conchita Palacios a las siete de la mañana de un día lunes. Tiene dos hijas, una de tres años y una bebé de siete meses, no tiene con quien dejarlas. Viajará desde Wiwilí. No posee vehículo propio. Es de bajos recursos económicos. Piensa aprovechar el viaje a Managua para hacer trámites, comprar medicamentos y finalmente visitar a una de sus amistades. 

¿Cómo será el recorrido de esta madre con sus dos hijas? ¿Tendrá que viajar un día antes para estar a tiempo en la cita médica? ¿Cuántos buses tendrá que tomar? ¿Cuánto tiempo se tardará en ese viaje? ¿Dinero a invertir? Probablemente, en muy pocas ocasiones hemos pensando en la importancia de un buen sistema de transporte que sea inclusivo, que piense en las personas como el centro de atención, así como en su seguridad, tiempo, ergonomía y por supuesto, en sus particularidades como usuarios y usuarias. 

En la actualidad, las condiciones del transporte en Nicaragua son muy precarias a nivel general. Por un lado, existe un desequilibrio en el desarrollo de infraestructura vial entre la zona del Pacífico y del Atlántico. Por otro, hay un centralismo urbano especialmente en Managua -la capital del país-, dejando a un lado a otros municipios en condiciones diferenciadas en cuanto al transporte público se refiere. No existe al día de hoy una política integral del transporte, lo que aumenta las condiciones precarias con las que ya vive una buena parte del país.

Pero, ¿Cómo podemos repensar el transporte en Nicaragua? 

Las investigaciones en temas de movilidad son relativamente recientes. Desde finales de 1970, varios estudios han observado las maneras en que se transportan las mujeres y hombres, principalmente en Estados Unidos y en el Reino Unido. Gran parte de estos estudios han proporcionado análisis cuantitativos de los patrones de viaje de acuerdo al sexo. Otros autores y autoras se han centrado en la relación entre género, pobreza, tiempo y medio de transporte. Palabras claves como sostenibilidad ambiental, ciclos de vida, estructura vial, entre otras, forman parte del acervo especializado en la movilidad. 

Sin embargo, aunque la literatura ha proporcionado una nueva mirada hacia la movilidad, todavía no se incorporan estos datos en la organización de los sistemas de transporte y en su gestión. Para Inés Sánchez de Madariaga -experta sobre género en el urbanismo, arquitectura, transporte, investigación e innovación- es imperante que las políticas de transporte pongan mayor énfasis en las personas, en la accesibilidad y el servicio.

En esa línea, Sánchez de Madariaga (2003, 2009) aportó el concepto de movilidad del cuidado para darle énfasis a que las políticas en el transporte incluyan un enfoque de género. La movilidad del cuidado reconoce la necesidad de evaluar e identificar los viajes diarios relacionados con actividades del cuidado, entendidas como el trabajo, actividades extraescolares, para hacer compras, recados en oficinas públicas o privadas, acompañar a familiares enfermos, prácticas deportivas; entre otros. Estas actividades implican viajar a lugares específicos de la ciudad, a horas determinadas del día, utilizando los sistemas de transporte disponibles, bajo ciertas condiciones de precio, ergonomía y seguridad.

Así, lejos de ver la movilidad como un tema aislado, las ciudades deben contemplar todos estos patrones de transporte, incluyendo los factores de edad, género, sostenibilidad ambiental, tiempo, accesibilidad. Hacer que los municipios, comarcas, y departamentos estén interconectados, es un inicio pero también se debe pensar en cómo hacer más accesible la movilidad, más práctica, menos costosa en términos económicos y de tiempo, más segura para los grupos vulnerabilizados.

En mi experiencia, desde hace cinco años utilizo la bicicleta como medio de transporte principal, habilidad que no ha sido fácil de obtener porque por supuesto, en Managua no existe una cultura ciclista, hay falta de infraestructura y entonces nada más toca adaptarse. Sin embargo, en varias ocasiones intercambio con bus urbano o taxi, dependiendo del tiempo y la ergonomía que requiera el viaje.

Repensar el sistema de transporte en Nicaragua, requiere fijar la mirada en las experiencias de otras ciudades del mundo. Múltiples ejemplos existen en América Latina de países como Perú, Chile, Colombia, México, en donde las y los actores políticos están apostando por planes de desarrollo urbano de manera transversal, tomando en cuenta poblaciones vulnerabilizadas en el transporte como las mujeres, la primera infancia y la tercera edad. Otras en cambio, están apostando por medios sostenibles como la bicicleta, construyendo no solamente la infraestructura vial, sino también una cultura ciclista, en donde se está dejando atrás el estigma social, la violencia vial, se está trabajando en mapeos de zonas libres de acoso, robos, entre otras ideas innovadoras y sostenibles en el tiempo.


Queda la pregunta abierta ¿Cómo construimos ciudades inclusivas en sus medios de transporte? ¿Apostamos por más carreteras o mejoramos las que ya existen y que se encuentran deterioradas? ¿Incluimos en el plan otros medios de transporte más sostenibles? ¿Cómo creamos cultura vial en nuestro país? Las respuestas deben considerar como principio fundamental la empatía para empezar a construir cambios radicales y significativos.

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