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DOLOR: La herencia de un pueblo desterrado a la miseria

DOLOR: La herencia de un pueblo desterrado a la miseria

Por: Lucas Andrés Marsell

Tras siglos de sufrida resistencia a las expediciones descubridoras de lo ya existente, a las intervenciones enajenantes y dictaduras ignominiosas. Este pueblo ha tenido que hacer suya y parte de su genética, la vida errante y la cultura oprobiosa del caudillismo. No hemos podido desmarcarnos de esas sombras que oscurecen el horizonte de nuestros ideales, donde algunos soñamos lo que Darío proponía en sus versos y donde otros han tenido que exiliarse por el miedo a defender lo correcto.

Nicaragua es una tierra ubicada estratégicamente en el valle del dolor, sino sufrimos por mano de la naturaleza, sufrimos por la mano de los sin vergüenzas, que habiendo nacido en este mismo suelo han rechazo la defensa de su pendón y han importado desde lejanas tierras la cultura de la muerte, la cultura de las balas, la cultura de la opresión.

Miseria es el nombre formal de la consecuencia directa de una herencia, tan reclamada por unos, como desdeñada por otros. Y aun cuando hubo un tiempo en que se gritaban consignas sin sentido, hoy cansados del castigo hemos aprendido a gritar por nuestros hijos y por nuestra bandera, para que no se confundan las lagrimas de la madre y el exilio de los jóvenes, con las necias verborreas del dictador.

Ya no podemos heredar una nicaragua sin lágrimas, hay que aceptar y acoger a nuestra madre con esos golpes y sufrimientos caóticos; pero no dejarla volver a las manos de los cobardes, inútiles e inhumanos que han causado su dolor.

Hay que mantener la mirada desafiante y erguida la frente, no podemos heredar el miedo ni el desprecio a la vida. Debemos ser selectivos con aquello que le queremos entregar a nuestros hijos. Basta de hacerlos convivir a la fuerza con aquello que ni nosotros queremos ya. 

Sobrevivir es lo que hemos hecho todo este tiempo, resistir a ese cáncer maligno que muerde los tendones, las arterias y nervios de nuestra madre patria. Pero no podemos seguir acostumbrados al dolor, no podemos naturalizar al dictador y a sus soluciones.

Esa herencia terrible que nos han dejado a nosotros nuestros padres y abuelos, no puede ser parte del patrimonio que esperan nuestros niños y jóvenes, hay que trabajar para que valga la pena el encierro de los presos y la sangre de los que han muerto, ya no podemos sobrevivir con el yugo en las espaldas y la espada en el cuello. Es hora de vivir y darle vida a Nicaragua.

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