Seleccionar página

Contame una historia

Contame una historia

Escrito por: Néstor Cedeño

–Mamá, ya estoy lista. Vení contame una historia.

–Claro, hija. ¿Qué tipo de historia querés que te cuente?

–Una que no sea de princesa, esas ya aburren.

–Ja, ja, ja. Está bien hija. Te voy a contar una historia sobre la memoria.

En un país lleno de incertidumbre, una madre joven se sentó sobre la cama de su hija. Como era de costumbre, la niña pidió a su madre que le contara una historia antes de dormir. Esa noche la historia fue una que siempre había querido contar.

–Hija, nuestro país está lleno de héroes y mártires, quienes acudieron al llamado de su querida patria, sin ningún temor a lo que les pudiera pasar y con la cabeza en alto ante la adversidad y el odio. Hay demasiadas personas por nombrar, hija, pero hoy te voy a contar sobre algunas. Empecemos con uno de los primeros, un muchacho llamado Richard, quien fue a dar su apoyo a los viejitos, pero nunca logró regresar a casa.

–Muchos no lograron regresar a casa, ¿verdad, mamá?

–No, hija. Chavalos como Richard no volvieron. Eso también le pasó a Michael en la UPOLI y a Alvarito, quien salió de su casa con su mochila y la llenó de agua para dar a los que se encontraban luchando contra aquellos monstruos que todo héroe debe enfrentar.

–Álvaro fue el corredor, ¿verdad? ¿El que dijo que le dolía respirar?

–Sí, mi amor. Ese día nos dejó a todos sin respiración. Alvarito no puede correr más, pero hubo otros que tomaron su lugar y se levantaron. Jóvenes como Jonathan, “Tony”, Matt y Gerald, a pesar de que a ellos también les cegaron la vida, dieron todo para su país. Ahora son sus familiares –madres, hermanas y hasta nietas– que se han convertido en la voz de ellos en búsqueda de justicia.

La joven madre no pudo contener una lágrima que se derramó sobre su mejilla. Su hija vio cómo ella pasó su mano para apartar la gota de su cara.

–Hija, esta historia es algo triste, ¿querés que siga?

–Sí, mamá, no te preocupes.

–Sos igualita a tu abuelita de fuerte, hija.

En ese momento a la joven madre se le vino a la mente una canción que siempre le hacía recordar cada nombre, la voz del que la canta mostraba el sentir de muchos:

♫ Que caigan flores sobre los muertos – que caiga lluvia sobre la sangre ♫

–Es difícil dejar a los muertos tranquilos, hija. Ninguno de los disparos fue al azar. Son nuestro constante recuerdo de que tenemos que seguir luchando a como sea. Sabemos que ellos están en un mejor lugar, allá con Dios. Cuánto quisiera que aquellas cruces siguieran sembradas en la rotonda para así recordar a todos hasta los más pequeños como Tyler, Matías y Daryeli, chiquitos que no merecieron el final que les tocó. Esos bebés deberían estar aquí, creciendo y disfrutando de la vida. Chavalos como Junior en Masaya, jamás merecieron un final tan triste. Como madre no sé lo qué haría si te llegara a perder de una manera similar, creo que me destrozaría.

–¿Ellos también son héroes y mártires, mamá?

–Por supuesto que lo son, hija. Igual que Sandor, ¡ay Sandor! Ese muchacho tan cercano a Dios.

–Recuerdo que me contaste que era monaguillo y que después de morir las campanas de las iglesias en León sonaron por él.

–Así es, hija. Fue lindo ver eso. Lindo, pero a la vez triste. Sandor quería ser sacerdote, pero nunca tuvo la oportunidad, se fue muy temprano.

–Pero, mamá, ¿sólo jóvenes se fueron?, ¿solo ellos son héroes?

–Fijate que no, hija. Había personas adultas que también se levantaron, pero cayeron ante las acciones de gente mala. Personas como Marcelo y su tiradora, un señor llamado Vicente, Eddy Montes y también Ángel Gahona. Hombres como ellos dejaron atrás a hijos, nietos y el resto de sus familiares.

–Vos me contaste una vez sobre una niña que también perdió a su padre… Nicole.

–Sí, mi amor. Ella es la hija de Franco, el rapero de Estelí. ¡Pobre chiquita! Su papito jamás podrá ver crecer a su hija, como Ángel no podrá ver crecer a su pequeña Amanda. Ellos –como todos los que cayeron– simplemente estaban denunciando las cosas malas que nuestros tales líderes estaban haciendo. La hermana de ese muchacho, Franco, se convirtió en no solo la voz de su hermano, unida a otras madres, hermanas, nietas y sobrinas, todas se han convertido en la voz de aquellos héroes que desde el cielo reclaman justicia.

–¿Cómo termina la historia mamá?

La joven madre no encontraba la manera de responderle a su hija. La historia aún no tenía fin. Pero el otro día escuchó las palabras de alguien admirado por muchos y optó por citarlo como respuesta.

–Mira hija, los héroes de esta historia se levantaron bajo el son de rebelión y lucharon con la esperanza de ver cambios en nuestro país. Responderé tu pregunta con esto:

“No es decisivo el pasado… El mal cometido nunca tiene la última palabra…

El futuro de un pueblo no está escrito de antemano.

A veces el futuro de un pueblo es incierto… pero esto no es el final.”

Y con esas palabras, la joven madre, le da un beso de buenas noches a su hija que se quedó pensativa con la historia que su madre contó. La mujer apagó la luz y cerró la puerta.

Muchos años después, durante una tarde lluviosa, la hija, ahora madre de su propia hija, llegó a visitar a su mamá, quien, en sus años de vejez, se enfermó del mal de Alzheimer. La mujer ahora no recuerda a aquella hija que escuchaba sus historias cada noche.

–Hola mamá, ¿cómo estás hoy?

–¿Mamá? ¿Quién sos vos?, yo no tengo hija, pero te parecés bastante a mi madre.

–Sí, mi abuela siempre me decía eso.

–¿Venís a contarme una historia? Me encanta escuchar historias. Pero no me contés una de princesas.

–Ja, ja, ja. No, mamá, esas son aburridas. Hoy te voy a contar una sobre la memoria. Una que escuché cuando yo era una niña.

La hija empezó a contar la misma historia que su madre le había contado –sobre héroes caídos y la importancia de luchar por la memoria de todos– y la madre escuchaba atentamente, como si fuera la primera vez, porque para ella lo fue. Una lágrima se derramó sobre su mejilla y la hija se dispuso a limpiarla.

–¿Por qué llorás, mamá?

–¡Tantos jóvenes y bebés! ¡Tantas personas! Pero, qué bello saber que hubo quienes alzaron sus voces en representación de ellos.

–Sí, me recuerda a una canción:

♫ Todos juntos de las manos – gritar no es en vano – no nos vamos a callar ♫

–¿Cómo termina la historia?

La hija sonrió. Sabía que la señora no recordaba nada, se acercó al oído de su madre y con firme gentileza susurró:

–Libertad.

Este relato incluye letras de La sangre de abril de Perrozompopo y En el ojo del huracán de Monroy y Surmenage. También, palabras de monseñor Silvio Báez en su homilía del 27 de septiembre de 2020.

Sobre el Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicaciones recientes

Revista digital