Los Actores y Yo
Por: Kembor
I.
Esa mañana el camión llegaba tarde. Tres hombres bajarían 1,000 libras de carne congelada antes del mediodía. Clemente abrió la puerta en ese momento, don Maximiliano caminaba dirigiendo a todo el mundo y yo trataba de recordar el nombre olvidado de esa hermosa mujer marcada por el fuego.
—Bueno, chavalos, al ataque —nos dijo—. Hoy mucha gente pidió el día y los freezers están vacíos. Agarren un gancho cada uno.
No era la primera vez que hacía ese trabajo, ya que siempre al comenzar la semana llegaba el camión.
—Ya vengo, se me olvidó la carretilla —dijo Clemente.
—Rápido, entonces —le dijo el viejo.
Los tres vestíamos con guantes, botas y mandil.
—El trabajo aquí nunca acaba —me dijo, caminando por el pasillo.
Y así era: demasiada actividad para una sola mañana y muy poca mañana para tanta actividad.
A pesar de que todos llegaban a las seis, siempre había algo pendiente del día anterior.
—Carne en caja y carne en bolsa, ¿qué preferís? —me preguntó, acomodando su carretilla ya de regreso.
—En bolsa —le dije.
Después de una hora de comenzar la descarga, delantales y guantes estaban enrojecidos; los pedazos de hielo ensangrentados sonaban al ser triturados bajo nuestros pies. Clemente me lanzaba las cajas y yo las acomodaba en la carretilla. Las botas entonces se comenzaban a pegar por la sangre seca.
—Bueno, ustedes sigan. Tengo que firmar unos papeles ahora —dijo el señor.
Terminamos el trabajo para luego sacar la basura. El olor a sangre reinaba en el lugar y el camión refrigerado finalmente se alejaba, entorpeciendo el tráfico de nuevo. Clemente buscó las llaves en el delantal y enllavó la puerta de la calle.
Había bastante gente en el supermercado esperando, las vitrinas estaban llenas y las básculas electrónicas eran nuevas.
El viejo me preguntó:
—¿Vinieron huevos de toro?
—Hay como diez bolsas —respondí.
Luego de la efímera mañana, me fui a almorzar en el comedor, donde no había nadie, y pensaba:
«Administración de Empresas era el título que tengo en la pared del apartamento».
Después de una larga y fracasada búsqueda de trabajo por más de año y medio, el supermercado fue lo mejor que pude hallar.
«Sería más pesado si estuviera en los textiles», me dije.
Y me di cuenta de que aún llevaba puestos los guantes. Todos mis compañeros habían llegado antes que yo al supermercado, de una u otra manera, pero en el fondo por la misma razón: el desempleo.
Uno de los conserjes se me acercó saludándome.
—¿Cómo has estado?
—Todo bien —le respondí.
Encendió la radio y sintonizó Estéreo Imperial, la radio que todo el supermercado escuchaba siempre, porque ahí era donde la empresa pagaba sus anuncios publicitarios y donde desde hacía días hacían una convocatoria para audiciones en una obra de teatro. Algo que llamaba mi atención, pero también mis inseguridades, haciéndome desistir.
Me quité finalmente los guantes para estirar mis manos húmedas y adoloridas.
Miraba las hojas de los cuchillos relucientes y recién lavados, esperándome para la próxima jornada. No daba con el nombre en mi cabeza, mientras algunos compañeros que llegaban me saludaron para luego entrar al freezer.
Me puse de pie y sentí el piso otra vez pegajoso, pero esta vez por la cera de los lampazos, lo que hacía sonar la suela de todos los zapatos que por ahí pasaban.
Alcancé uno de los lustrosos cuchillos y sentí el peso de la hoja en mi mano desnuda. Los guantes volvían a ser necesarios. Más que un cuchillo, parecía un machete pequeño, pero de puro acero.
Saqué del freezer una enorme pierna, luego las paletas, costillas, salón blanco, posta, cecina y trasero de cecina.
Insistía en recordar ese nombre y mi cerebro se confundía con los ruidos que desde días anteriores venía escuchando en ese lugar, debido a unas reparaciones en el sistema eléctrico del supermercado.
Terminé de limpiar la mesa, me cambié de ropa y me alisté para irme, diez minutos después de las cinco.
Todo mundo se despidió mientras la noche se avecinaba y las luces comenzaban a encenderse. Don Max siempre era el último en irse. Colgó su delantal y me dijo:
—Papa, llevate este buen pedazo de carne.
Me entregó unas cinco libras empacadas en papel periódico. Salió por la puerta principal y se despidió del vigilante.