El país de nadie

Por: Dayana Ruiz
Pensé con la primera gota si algún día sería capaz de jugar con mis propios miedos. Las emociones se derraman como lluvia sobre un cuerpo tieso de tanta humedad. Las personas cambian, explotan y se esfuman, ebrias de tanto buscar, mientras las gotas también se cansan y vuelven a caer.
Me pregunto cuántas bastan para mantener un corazón en su sitio: tres, quizá cuatro. Contaré los años, y sumaré sufrimientos, desilusiones, lágrimas; cinco, seis en total.
El mundo no deja de ser cruel; me ha enseñado a contar segundos para seguir con vida, y también a tragar pastillas que llenan la mente hasta borrar mis propios pensamientos.
Es un mundo estrecho para las sensibilidades, donde, además, gana el más fuerte y el menos humano se queda con todo. Desearía que los pájaros cantaran tan fuerte que me reventaran los oídos, para no tener que escuchar ninguna voz.
Me pregunto entonces si soy demasiado madura para mi edad o simplemente demasiado complaciente.
El frío me asusta y aun así, mi mente insiste en que la soledad es el lujo de quienes no saben amar.
Mientras dos generaciones cosen heridas con clavos para mantenerme unida al suelo, sigo queriendo dibujar nubes con los dedos temblorosos, reparar la sangre con flores y arte, gritarle al mundo que la poesía también sangra.
A veces, el cansancio es otra forma de estar viva. Camino sin saber quién ordena a mis piernas avanzar; el suelo tiembla bajo mis pies y el aire pesa, mientras la luz desaparece tras mis párpados. El agua corre sola por mi garganta, y entonces entiendo que todo es distinto aquí; las cosas pierden su nombre.
Dios dice: que se haga el silencio, y así se hace.
Los pájaros callan, el mundo se encoge, y entro al país de nadie.
Cierro los ojos, aprieto los puños y ya no estoy.
Una voz murmura: —Vamos—, pero mi cuerpo no obedece.
Quiero prometer que no voy a morir, pero la boca se me ha cosido.
No hay aire ni voluntad; soy una cáscara vacía y temerosa de no volver a sentir.
Para una eternidad o dos, estoy de vuelta, con las manos llenas de hormigas, la cara empapada y mi cuerpo de regreso.
El mundo se ensancha, la respiración regresa, torpe pero mía.
Tengo un pañuelo entre los dedos y una certeza mínima: sigo aquí.
Sonrío a los árboles que tocan el cielo, y entiendo que la vida continúa donde la dejé.
Siempre pasa, me repito. Siempre pasa, y sonrío por eso.
De mi madre aprendí a sentir, a multiplicar los sentidos y elevar mi capacidad de recibir al mundo sin escudos, creyendo que todas las personas merecen amor en un mundo que a veces olvida.
Pese al viento que entra a bocanadas, que seca y hace sangrar. Sin importar si los ojos se cansaban de tantas lágrimas o el cuerpo gritara muchos basta
Habíamos visto que todo era bueno.
La vida, a su manera, sigue.
Siempre pasa, me digo otra vez.
Y sonrío, porque esta vez lo sé: estoy viva

