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Los actores y yo.

Los actores y yo.

Segunda entrega del relato publicado la semana pasada. Autoría de Kembor


II.

Caminé hacia la casa algo desconcertado por el ejército de luces que vi en la calle. Ya contaba cuatro años desde que había dejado el pueblo y a veces me costaba adaptarme a la gran ciudad y a sus ajenas costumbres.

Esperé el bus mientras tanto. Vi los rostros esperando igual que yo en la terminal durante diez o quince minutos. Tenía en el hombro un bolso azul con una faja amarilla donde llevaba mis cosas, entre ellas el paquete de carne. A veces lo recibía como estímulo por el trabajo, a veces como el empleado del mes.

Sentí que algo me apremiaba, pero después de ver mi reloj, el bus apareció casi vacío y nos fuimos.

En la ruta noté que las luminarias gradualmente sustituyeron los últimos rastros de luz natural. Cuando me bajé, seguí caminando dos cuadras antes de llegar a casa. Al llegar, quité la cadena y el candado, abrí la puerta, dejé los metales en la mesa de la pequeña sala, encendí la luz y fui directo al baño para lavarme la cara. Mi feo y húmedo baño era lo que menos me gustaba de aquel lugar.

Volví a la sala, guardé la carne en la pequeña nevera y me senté. Unos minutos después tocaron la puerta. Me levanté y abrí, pero no había nadie, solo una corriente de aire que entró a la sala.

Desde hacía tres semanas, más o menos, en el vecindario se escuchaban unos extraños ruidos, pero yo no les daba importancia. Volví de nuevo a intentar recordar el nombre prófugo en mi memoria y marqué un número desde el teléfono convencional. Mientras sonaba cada timbrazo, profundizaba el intento por recordar.

Al otro lado de la línea levantaron y dije:

—¿Aló, Soledad?

—Aló —dijo ella.

Pero escuché un suspiro y luego el teléfono deslizarse lentamente hasta que la llamada se cortó.

Puse mis manos en la nuca mientras me estiraba mirando hacia el techo. Me levanté para sacar de la nevera una cerveza, la abrí y caminé observando un cuadro que había traído desde Las Brumas, mi pueblo natal. Los cuales eran para un regalo en una ocasión que nunca llegó. La pintura era sobre el fuego, con distintos tonos rojos, amarillos y naranjas. En la obra se alcanzaba a ver una forma que parecía una mano como parte de las lenguas de fuego, o tal vez era una abstracción del autor.

Me acerqué a la ventana para ver los techos de mis vecinos por el norte, ya que la casa estaba ubicada contiguo al enorme edificio del Ministerio del Trabajo por el este. La cerveza, más amarga que de costumbre, fulminó mi sed. En el sur estaba la calle por donde entraba y salía, donde una venta de fritanga se veía en la distancia; y al oeste, una vieja cancha de básquetbol, hacía años abandonada. Todo aquello formaba el vecindario.

III.

Después del quinto trago, sentí que algo me empujó. Sin sorprenderme ni perder la calma, volví a ver hacia atrás y no vi nada. Observé la botella con detenimiento, como si buscase algo perdido y disuelto en el gélido líquido. Terminé la cerveza y fui por la siguiente. Cuando, después de abrir la botella, escuché suavemente que alguien susurraba:

—Buenas noches…

Sin inmutarme y convencido de que la cerveza no tenía nada que ver, alcancé a ver cómo tres figuras humanas salían de la transparencia de la sala, como si estuviesen envueltas en lo invisible desde hacía tiempo.

Una miró el cuadro del fuego, diciendo:

—Muy buen trabajo.

La segunda, más atrevida, me quitó la cerveza, bebió y me dijo:

—¡Parfait!

Yo estaba mudo, pero aún faltaba la tercera, que me saludó con un beso en la mejilla.

Las tres imágenes traslúcidas reflejaban una tibia y extraña luz grisácea. Eran dos hombres y una mujer. Vestían ropas de tiempos enciclopédicos, de aquellos días donde los pueblos alborotados buscaban otro saber.

Se presentaron.

—Mucho gusto. Jaques Jerome —e hizo una reverencia—, profesor de comedia y asiduo visitante del Molino Rojo —dijo.

Luego escuché una voz de mujer que me dijo:

—Vania Vertz, de la raza de las actrices.

—Y yo soy Matt Robson, de los antiguos dramas populares —dijo el tercero.

El primero parecía más bien haber sido un abogado que un profesor. Su aspecto pulcro, aunque fantasmal, le daba una apariencia de autoridad judicial. La mujer aparentaba ser una dama todavía en los treinta, cuya mirada escondía una melancolía intermitente y cuya risa, desde la mejor ironía, le daba un aspecto de vida dentro de su inmaterial presencia.

El tercero daba la impresión de ser un hombre sano, a pesar de su evidente y, pues —en vista de las circunstancias—, inmortal calvicie.

Temeroso, retrocedí hasta llegar a la pared de la sala, a la vez que los otros sonreían al ver mi reacción. Después de unos segundos, me invitaron a sentarme. Más mareado que otra cosa, llegué por fin a la silla.

—Sabemos que estás sorprendido, o más bien asustado —dijo Vania—. Conocemos lo que haces en tu trabajo, en tu casa, en fin, en tu vida. Y hemos aparecido —intervino Matt— para aconsejarte sobre el futuro. Será lo mejor para vos mismo —añadió Jerome.

Y, para terminar de sepultarme en el más profundo pasmo, se levantó a traer otra cerveza.

—También sabemos qué es lo que buscas sin cesar en tu memoria —reiteró Jerome.

Esto me estremeció, haciéndome sentir asombro mezclado con más miedo, cuando recordé que había olvidado hablar ante mis fallecidos visitantes. Estaba sentado en la sala de mi casa con tres fantasmas que me espiaban desde tiempo atrás e ignoraba que conocían mi vida.

Después de respirar profundo y agarrar fuerzas desde los átomos mismos de mis testículos, les pregunté:

—¿Y ustedes cómo saben eso?

Cuando un par de golpes llamaron a la puerta de nuevo, me levanté más extraviado que otra cosa, luego de que los reiterados golpes en la madera me recordaran que no estaba soñando.

Abrí la puerta y, en medio de mi confusión, miré al celador.

—Amigo, ¿qué pasó? —pregunté.

—Vine porque escuché unas voces y, como aquí nadie entra, pensé que había problemas —me dijo.

Ambos nos quedamos viendo durante lentos segundos.

—Si pasa algo, solo parpadeé —me dijo.

—No, estoy bien. Es que la televisión se enciende sola porque tiene un problema en uno de los sensores —le expresé, cerrando un poco la puerta.

—No, pero no eran voces de televisión, amigo. Yo los escuché claro.

—¿Y qué fue lo que oyó? —le pregunté.

—Pues era una conversación toda rara, como con eco.

—Sí, es que el televisor se enciende de pronto porque no lo he reparado, pero no hay problema. Mañana viene el técnico a corregir esa falla —agregué.

—Mire —dijo—, yo sé que usted es hombre serio y lo conozco desde hace años, pero los vecinos me han dicho también que escuchan cosas a pleno día, como que suenan trastos, botellas, abren puertas, ventanas, etc.

—Entiendo —le respondí, casi ignorándolo—. Bueno, si hay algún clavo, yo le aviso. Y no hay problema, mañana arreglo la televisión. Gracias por venir —le dije.

El celador se despidió y cerré la puerta.

Ciertamente, la presencia de los espectrales visitantes había sido notada por los vecinos, al menos de oídas, ya que durante el día la casa parecía estar habitada por gente, al menos para aquellos que pasaban cerca de sus paredes.

IV.

Volví a la sala, pero no quería sentarme.

—No te preocupes, podés seguir con tu vida normal —dijo Jerome—, porque nosotros ya no estorbamos a nadie, ¿verdad, muchachos?

Y los tres rieron al unísono.

—Aún no me han respondido lo que les pregunté —les dije.

—Eso no es importante —dijo Vania—. Cuando uno deja el mundo tuyo para entrar en el nuestro, la física y la química cambian para siempre. Al fin y al cabo, todos los muertos conocen la vida de los vivos. Solo te vamos a pedir que te habitués a nuestra presencia.

—¿¡Qué!? —exclamé molesto—. Tres personas que murieron hace siglos vienen una noche a mi casa y me piden que los acepte como cualquier visita.

Ninguno respondió.

Sin embargo, los tres se despidieron, dejándome solo de nuevo. Me senté en el sofá y sentí que este estaba un poco frío. Luego de asimilar el susto, decidí darme un baño para despejarme.

Iba a intentar dormir esa noche. Después de lo ocurrido, me dormí con la idea de que de ahora en adelante tendría nuevos amigos del más allá.

Los días pasaron montados en mi rutina de carnicero y, después de dos o tres semanas, los grises actores volvieron a la casa.

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